lunes, 27 de octubre de 2014





Desprendiendo el olor a la harina tostada , al azúcar, la canela y el anís, a mil esencias que se le quedan a una  marcadas como a fuego en la memoria, con la luz justa que daba una bombilla la única de la cocina en donde se recogían todos los miembros de la familia por que allí era donde más caliente se estaba, además había un trabajo especial que hacer aquella tarde de otoño, aquella tarde a la hora que quedaba después de la merienda y antes de la cena, la mesa de madera cubierta de manos y harina ,aceite, huevo y no recuerdo que más sólo que la botella del anís representaba la pócima que haría realidad el milagro de todo aquel ritual de malabares que terminaría en forma de pequeños dulces que nos acompañarían durante unos cuantos días.

En medianas canastas de caña, recubiertas por impolutos trapos blancos de algodón se posarían aquellos "pastissets y coquetas de segi," rebozados en azúcar y rellenos los "pastissets" de cabello de ángel , luego tapados en paño blanco quedaban durmiendo esperando la mano delictiva que osaría colarse a escondidas a robar uno de aquellos pequeños manjares  aún calientes , con sumo cuidado dejando el paño bien puesto y sujetando en una mano el motín y recogiendo con la otra el azúcar que de él se desprendía la boca se disponía bien abierta a no dejar ni una miga ni rastro del delito , y así un viaje tras otro hasta sentirse indispuesto o indispuesta o indispuestos , todos los primos y yo nos fuimos a la cama aquella noche , sin cenar y sin postre , claro que el castigo no fue sino una pura necesidad y alivio para ellos y para mí.